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“Hijo mío, si tu corazón fuere sabio,
También a mí se me alegrará el corazón;
Mis entrañas también se alegrarán
Cuando tus labios hablaren cosas rectas.
No tenga tu corazón envidia de los pecadores,
Antes persevera en el temor de Jehová todo el tiempo;
Porque ciertamente hay fin,
Y tu esperanza no será cortada.
Oye, hijo mío, y sé sabio,
Y endereza tu corazón al camino.”
(Prov. 23:15-19)
¿Podemos tener un corazón sabio?
El anhelo de Dios es que nuestro corazón este dispuesto a seguir sus caminos. Esto requiere una entrega excepcional. Debido al pecado, todos nosotros entramos en este mundo con una “enfermedad en el corazón” (que es espiritual). Y aunque al recibir a Jesucristo como nuestro Salvador la maldición espiritual que nos apartaba de Dios se rompe, iniciamos un proceso de sanidad que puede tomar diferentes medidas de tiempo.
Antes de conocer personalmente a Jesús, nuestro corazón, el centro de control interior que piensa, siente y decide ha sido influenciado por maldiciones generacionales, vivencias, costumbres, engaños, orgullo y toda clase pensamientos de hombres. Ahora, en los caminos cristianos, Dios comienza a hacer una obra de sanidad maravillosa en nuestra alma, pero el avance de esta sanidad depende de nosotros mismos.
La sanidad de nuestro corazón comienza con un “temor de Jehová apasionado” (deseo de conocerle a El), que requiere apartarnos de todo aquello que quiera desviarnos, o aun de las personas que persisten en la búsqueda de placeres del mundo. Tenemos que sacar de nuestra mente los malos pensamientos y los deseos pecaminosos que batallan contra el alma. A cambio de esto, debemos ajustar nuestro estilo de vida a las enseñanzas de las Escrituras, a la búsqueda de Dios en oración y a la obediencia a la verdad. No necesitamos apartarnos del mundo y vivir aislados, solo tener la sabiduría para identificar todo aquello que no conviene y no participar de ello… Un corazón sabio es un corazón rendido a Dios. |